
"LA CAÍDA DEL PEQUE" ¿LOGRO DE LAS AUTORIDADES DE CHIAPAS?

No fue inteligencia, ni coordinación, ni cooperación. Lo que llevó a la captura de Roger Roblero López, alias “El Peque”, fue la imprudencia, el exceso de confianza y la traición de su propia gente.
Durante meses, El Peque se sentía protegido y confiado en el país vecino Guatemala. Quienes lo conocieron de cerca cuentan que pasaba sus días entre bares, cantinas y restaurantes, siempre ebrio, rodeado de vicios y sin ninguna precaución. Ya no era el hombre temido que cuidaba cada movimiento; se había convertido en un reflejo decadente de lo que algún día fue, hundido en el alc0hol y las dr0g∆s.
Relatan testigos que se iba sin pagar las cuentas, que amenazaba a los dueños y empleados, gritando que si no le fiaban “los mataría”. En los últimos meses, ya no se le veía con escoltas ni camionetas blindadas, ni con la estructura de seguridad que antes lo protegía. Había perdido el respeto incluso de los suyos, y su conducta descontrolada empezó a generar molestia entre quienes antes lo apoyaban.
Todo apunta a que su caída fue consecuencia directa de su propia decadencia. Los mismos socios que un día lo consideraron un aliado decidieron entregarlo, cansados de su comportamiento y de los problemas que ocasionaba. Su captura no fue un golpe de inteligencia, fue un acuerdo interno, una traición nacida del hartazgo y del miedo.
Pero más allá de su caída, lo que no se debe olvidar es todo el daño que dejó en Chiapas, especialmente en Frontera Comalapa y Chicomuselo, donde su ambición desató una de las etapas más oscuras para la población.
Bajo su mando, miles de personas fueron desplazadas, obligadas a abandonar sus hogares por miedo a los enfrentamientos y represalias. Cientos fueron des∆par€cidos y ej€cut∆dos, muchos de ellos por no someterse a sus órdenes o por haberse aliado con grupos contrarios.
Las comunidades quedaron desoladas, las calles vacías y el miedo se apoderó de la gente. Mientras El Peque vivía entre el lujo, el alcohol y los excesos, el pueblo sufría en silencio. Su poder no se sostenía por liderazgo, sino por terror y violencia, y fue precisamente esa ambición desmedida la que terminó consumiéndolo.
Hoy que se encuentra capturado, algunos lo celebran como un logro, pero la verdad es que no fue una hazaña del gobierno ni una operación de inteligencia, fue simplemente el resultado de su propio declive, de un hombre que se creyó intocable hasta perderlo todo.
Que su nombre no se recuerde por su caída, sino por todo el dolor que dejó atrás. Que Frontera Comalapa y Chicomuselo no sean olvidados, porque su gente aún vive con las consecuencias de su violencia, con el miedo y la ausencia de aquellos que nunca regresaron.





